Había pasado al menos un mes desde el desafortunado ataque al catecúmeno de Saint Vincent. Yo ya había perdido la noción de los días. Posiblemente nos encontráramos en la madrugada del 20 de Julio de 1833, sentados en el borde de una carreta mortuoria cerca del cementerio de Bétheniville, una pequeña población de camino a Reims.
El mentor, había decidido que debíamos instalarnos en París. Allí, según el, resultaría sencillo camuflarnos entre la población, además de tener una gran variedad en el menú. Sangre de todas las razas humanas conocidas poblaban esa inmensa urbe, galante de progreso, estandarte de la Europa de nuestro tiempo.
Fue en la mitad de la inmensidad de la madrugada donde mi mentor, comenzó a relatar la historia de su vida. Observando el infinito y con voz raída por la nostalgia, soñante, casi humana me confesó:
- Mi nombre es Antonio Laface, nací en la esplendorosa Venezia de 1563. Mi familia era relativamente acomodada, ya que mi padre llevaba a cabo negocios fructíferos con las especias de oriente, aceites y seda natural.
- ¿Y jabón?
Me dirigió una mirada fulgurante que me hubiera matado de no ser inmortal.
Después de un breve silencio, prosiguió con la historia .
- Mi madre estaba emparentada directamente con el Dux, mi familia era respetada en toda la ciudad-estado, por su estatus social y económico.
Mi padre pacientemente, me enseñó el oficio de mercader y desde una temprana edad comencé a acompañarle en las rutas comerciales . En unos años, aprendí donde debía comprar y vender los productos, cuando debía regatear los precios. Que especias eran las más cotizadas, y reconozco que me gustaba parecerme a mi progenitor, compartir tiempo, conversaciones y vivencias con el. Muy pocos jóvenes de mi época tenían la oportunidad de ser aprendices de sus familiares.
Una noche de mayo de 1593, nos hallábamos acampados en las inmediaciones de Bucuresti en Rumania. Me alejé del campamento, para pasear por el bosque. Hacía una noche espléndida.
Ensimismado en mis pensamientos, me sorprendió el futuro, la eterna condena, cuando menos lo esperaba.
Al amparo de la oscuridad, surgió aquel ser, me sumió en un extraño estado en que solo podía obedecer su voz, lo que mas tarde, conocería como sofronación. Succionó mi liquido vital y me hizo la pregunta que yo mismo te hice a ti. " ¿Quieres beber de mi, o prefieres morir?"
Yo no sabía el significado, pero me encontraba al borde de la muerte, así lo sentía. Era joven, no quería morir. Solo quería seguir haciendo mi vida, los viajes al lado de mi padre, el regreso al hogar, cuidar de mi perro.
Bebí su sangre, para vivir. Y me condené a esto. Supe desde ese instante que nada volvería a ser iguál.
Una lágrima asomaba de los ojos del mentor. Me habló durante horas de su perro, la bondad de su madre, y el abrazo que siempre le daba al regresar a casa de un largo viaje. De los árboles de su jardín , de su vida inacabada.
viernes, 27 de junio de 2008
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)


1 comentario:
Se confesó por fin¡¡
Una vida triste al fin y al cabo.
Increible tu blog..
Cuando yo digo que hay quién es poli¡¡¡
Beso
Vuelvo...
Publicar un comentario