Buscando refugio contra el amanecer de aquel 14 de junio de 1832, lo hallamos en un cobertizo abandonado cerca de Pont a Mousson de camino a Metz. La penumbra se disipaba rápidamente para dar paso a la luz cegadora. Improvisamos un lecho con la urgencia de sobrevivir y cercanos el uno al otro esperamos la llegada de la tiniebla.
Llegó el anochecer, salí de aquél letargo temporal y me incorporé aturdido. Me dirigí a mi mentor que despertaba en aquel mismo instante y le dije:
- No lo entiendo.
- ¿Que es lo que no entiendes? - preguntó con resignación-
- Muy sencillo - le dije- . Lo que no alcanzo a comprender es, como no nos han localizado, con los ronquidos que estaba usted emitiendo. ¡Mon Dieu !, si no he podido pegar ojo en todo el día. Si parece que estuviera en una serrería. ¿Sabe hacer algo con las orejas?. Si es que lo tiene todo, hombre. Menudo galán esta usted hecho.
- ¡Calla imbecil!. Y sigueme, vamos a buscar algún humano que apague nuestra sed. Y haz el favor de cerrar esa bocaza, sino quieres que te la cierre a bofetones. Ya estoy harto de tus bufonadas.
Al amparo de las sombras, atacamos a dos pobres labriegos que regresaban a su hogar. Sentí como el deseado sabor cobrizo de la sangre , calmaba el ardor que sentía dentro de mi.
Me incorporé y vi la escena. Me sentí despreciable. Aquellos pobres incautos tendidos en el suelo, de manos callosas por el duro trabajo, rostro curtido por el sol y las inclemencias del tiempo, yacían muertos. Finalizaba así una vida de sufrimiento, pero con un componente que yo nunca conseguiría poseer en toda una eternidad de condena. Un hogar y alguien que llorase mi muerte.
viernes, 27 de junio de 2008
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1 comentario:
Uyy..ya estabas tomando conciencia de lo que habias perdido.
Desde luego tu mentor es una alhaja..jajaja
Beso Sigo
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