- No me diga más, desde entonces no se lava en señal de luto, porque la roña que arrastra es histórica, casi diría yo que para estudio arqueológico. Podría asegurar que si alguien escarbase en ella encontraría jarrones romanos.
La caricia me lanzó del carromato para hacerme caer en desorden dos metros mas allá.
- No se ponga así, hombre, dije sacudiendome la tierra de la capa. Si solo era para quitar hierro al asunto, me emociona verle tan humano, tan sentimentál.
Me tendió su mano, para ayudarme a subir otra vez al carro, y con un intento de sonrisa que más bien parecía una emocional mueca grotesca, me preguntó...
- ¿Tu vida como era antes de este estado?
Me temía la pregunta, pero aun así me armé de valor y le conteste:
- Mi vida... . Bueno digamos que no fue nunca nada fácil, me temo. Mi nombre real fue Dariush Leishtar. Mi padre y mi madre eran persas. Llegaron a Nancy, con una caravana circense, cuando yo era muy pequeño e hicieron el engaño de registrarme en la ciudad como si hubiera nacido allí. Creían que tendría menos problemas. Se equivocaron.
- ¿Un circo? Ya decía yo que las payasadas debían salir de alguna parte, dijo el mentor aprovechando el momento.
Proseguí el relato, con la pequeña satisfacción de haberle dado una revancha.
- Como le decía... . Al inscribirme, debieron juntarse muchos factores. Mi padre no hablaba nada bien el francés y el funcionario debía ser un poco sordo. El caso es que, el resultado de la operación es el nombre que ahora tengo, Jean Marie Lestat.
Me crié en el Islam sufí como religión, aunque siempre hiciese la pantomima de acudir a la liturgia cristiana todos los domingos. Mi piel oscura, el pelo negro y rizado me delataban como proveniente de otro mundo totalmente desconocido para mis vecinos. Si a eso juntamos que la excesiva higiene que me hacía mantener mi madre, contrastaba con el defecto de esta que tenían los cristianos, pues el pasar desapercibido se convertía en una tarea harto difícil.
A edad temprana mi padre negoció con un carpintero el que yo fuera su aprendiz, y así poder labrarme el futuro en un oficio rentable. Todo fue bien hasta que llegó el momento de convertirme en maestro de carpintería. Ya tenía los conocimientos suficientes para ello, pero, los componentes del gremio se negaban a aceptar que un individuo con sangre infiel se codease con ellos en su mismo oficio, así que me condenaron al ostracismo puro y duro.
Consternado me dedique a vagar, sin ningún ingreso económico. Intenté ganarme el jornal en el campo, pero aquello no duró mucho. No tuve más remedio que robar para comer y para llenar mi cuerpo de vino intentando olvidar mi situación.
Fue una tarde de tantas al salir de la taberna donde usted se cruzó en mi camino. El resto de la historia ya la conoce.
viernes, 27 de junio de 2008
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)


1 comentario:
O sea..En realidad no perdia demasiado..
¡Pues no que me está dando pena!
Besos
Sigo..
Publicar un comentario