El regreso al hogar fue de lo más impactante.
Debido a mi tardanza, se habían puesto manos a la obra. El chucho yacía desparramado encima de la mesa del salón, y el mentor intentaba introducirle el dedo índice con toda la suavidad que podría tener una estocada.
Supe en ese momento que nunca me recuperaría de aquella visión.
Al percatarse de mi presencia, Antonio, sacó el dedo de las partes oscuras del lobo y se dirigió a mi entre enfurecido y sofocado y con el mismo dedo, que debía utilizar para todo, me inquirió.
- ¡Has tardado mucho!. Eres un irresponsable, ya sabia yo que al final tendría que ocuparme yo de cuidar al perro.
- Tranquilicese hombre -le dije- He buscado un método alternativo a la salvajada esa que le esta haciendo al pobre pulgoso. Y apunteme con otro dedo por favor.
- A ver, iluminado. ¿Que idiotez se te ha ocurrido ahora?
- Pues un remedio persa -le dije- .Ni que decir tiene que somos un pueblo mucho mas antiguo, más sabio, más refinado, y por supuesto mucho mas higiénico. Se trata de hojas de globularia y flores de saúco con efecto casi inmediato al ser ingeridas. Y por supuesto, la administración es mucho menos violenta.
- Dudo mucho del resultado - dijo el mentor, resignándose - Pero pruebalo, ¿Que podemos perder?...
Introduje el matojo de hierbas en las fauces del peludo, y el efecto no se hizo esperar. El saco de pulgas salió despavorido, como huyendo de si mismo, derrapando en las curvas. El laxante había sido un éxito.
Después de la faena, el lobo vino a abrazarme como agradecimiento y yo salí corriendo mientras la risa del mentor resonaba en la casa.
La tarde siguiente acudí a la cita con la demoiselle.
Ella apareció de entre los campos de marzo, con una sonrisa radiante de esperanza. Se presento como Jeanne Lafontaine y de manera inusual en la época que vivíamos, tomó mi brazo y fuimos desentramando el halo misterioso que nos envolvía.
Fueron muchos paseos al atardecer, en los que charlábamos animadamente y reiamos con vergonzosa alegría de lo cotidiano. Después, solía acompañarle a su casa y ella me despedía con un sugerente entornado de ojos y un "aurevoire,mon cher" de dulce picardía, dejando en mis manos el aroma de su perfume con la delicadeza de un pañuelo que se deja caer a modo de coquetería.
Através de estos acontecimientos rutinarios, creo que me enamoré perdidamente de la demoiselle. No mordía con la voracidad que solía hacerlo y la sola imagen de ver comer al chucho se me antojaba vomitiva, Bueno... y antes también.
Quise ser humano, contraer matrimonio, tener hijos, envejecer y morir a su lado.
Una tarde de verano incipiente, Jeanne me invitó a entrar en su casa.
Asentamos la conversación con una botella de vino de Bourdeaux . Ella bebió arduamente de su copa y señalando la mía me preguntó. "¿No bebes ,mon cher?". Creo recordar que le contesté algo así como... " Prefiero beber a morro". Y me abalancé sobre ella con la intención de convertirla en nosferatu.
sábado, 22 de noviembre de 2008
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2 comentarios:
Menos mal que el mentor tiene poca paciencia, así se ha librado el otro de meter su dedo en el culo del perro...
Y qué? Acaso piensa usted agregar más nosferatus? Una fémina? Y seguirá teniendo la misma gracia?
Ohhh....ya se convierte en un triángulo (sin contar al chucho) y eso es peligroso inlcuso para la literatura!
Espero que no le muerda, cachiss!
O que la deje seca de por vida!
Un saludo
P
Me voy a ver que le hizo ustéd a esa demoiselle..
Aurevoir mon cher¡¡jajajabeso
sigo
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